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¿Por qué me dan la opinión sobre mí si no la pido?

Por Marta Tarrida Tinoco

Imagen del artículo «¿Por qué me dan la opinión sobre mí si no la pido? »

En nuestra vida cotidiana hay una práctica tan común que muchas veces pasa desapercibida: la costumbre de opinar sobre los demás sin que nadie lo haya pedido.

Puede venir de una madre, una suegra, una amiga, una compañera de trabajo o incluso de una persona desconocida. A menudo, quien hace el comentario cree que está ayudando. Pero la intención no siempre coincide con el impacto.

Durante mucho tiempo, yo también normalicé este tipo de comentarios. No sabía exactamente por qué me incomodaban, pero algo no encajaba. Más tarde entendí que, detrás de algunas frases aparentemente inocentes, puede haber una invasión de un espacio que no hemos ofrecido: nuestro cuerpo, nuestras decisiones, nuestra manera de vivir o de sentir.

En resumen: no toda opinión es un ataque, pero tampoco toda opinión necesita ser dicha. Antes de comentar sobre otra persona, conviene preguntarnos si nos ha pedido nuestra mirada, si ese comentario aporta algo y si estamos respetando su autonomía. Y cuando somos quienes recibimos una opinión no solicitada, también podemos aprender a poner límites sin tener que justificarnos.

Cuando el cuerpo se convierte en tema de conversación

Frases como “cómo te has engordado”, “te veo más delgada, qué bien” o “esa ropa te favorece mucho más” siguen muy presentes en nuestra cultura.

Algunas se dicen incluso como cumplidos.

Pero ¿qué sabemos realmente de la historia que hay detrás de ese cuerpo?

Tal vez una persona haya adelgazado por una enfermedad, por ansiedad, por un duelo o porque está atravesando un momento difícil. Tal vez haya aumentado de peso durante un proceso de recuperación, por medicación, por cambios hormonales o simplemente porque su cuerpo ha cambiado.

No lo sabemos.

Y ahí está precisamente el problema: opinar sobre el cuerpo ajeno suele implicar muchas suposiciones.

Además, cuando felicitamos sistemáticamente determinados cambios físicos, también transmitimos una idea sobre qué cuerpos consideramos mejores, más deseables o más válidos.

Quizá nuestra intención sea buena. Pero el impacto puede ser otro.

No es solo el cuerpo

También opinamos sobre cómo alguien se viste, cómo educa a sus hijos, qué debería hacer con su pareja, cuánto trabaja, cómo gestiona sus emociones o incluso sobre cuánto tarda en superar una pérdida.

“Yo en tu lugar no lo permitiría.”

“Deberías salir más.”

“Te lo tomas todo demasiado a pecho.”

“Con esa ropa estarías mucho mejor.”

“Yo que tú ya habría pasado página.”

A veces decimos estas frases como si nuestra manera de entender el mundo fuera la medida con la que deberían organizarse las vidas de los demás.

Pero cada persona tiene su historia, sus recursos, sus límites, sus valores y sus circunstancias.

Dar una opinión no solicitada puede convertirse, sin que nos demos cuenta, en una manera de colocarnos por encima: yo sé lo que te conviene aunque tú no me lo hayas preguntado.

¿Por qué opinamos tanto sobre los demás?

No siempre hay mala intención.

Muchas veces opinamos porque así hemos aprendido a relacionarnos.

Venimos de familias y entornos donde comentar cuerpos, decisiones y conductas era habitual. Hemos crecido escuchando comparaciones y recomendaciones constantes, y podemos reproducirlas automáticamente.

Otras veces opinamos porque nos cuesta tolerar que alguien haga las cosas de una manera distinta a la nuestra.

También podemos hacerlo por ansiedad.

Vemos a alguien tomar una decisión que no comprendemos y nos tranquiliza decirle qué haríamos nosotros. Sentimos que así recuperamos cierto control.

Y, en ocasiones, una opinión sobre otra persona habla más de quien la emite que de quien la recibe.

Lo que juzgamos, lo que nos incomoda o aquello que queremos corregir también puede poner en contacto con nuestras propias creencias y temores.

Eso no significa que no podamos compartir nunca nuestra mirada.

Significa que quizá merece la pena preguntarnos desde dónde la estamos ofreciendo.

Dar una opinión no es lo mismo que cuidar

A veces confundimos cuidado con consejo.

Cuando alguien nos cuenta algo difícil, podemos sentir la necesidad inmediata de darle una solución.

“Haz esto.”

“Déjalo.”

“No pienses más en ello.”

“Yo hablaría con él.”

Pero quizá esa persona no necesita una estrategia.

Quizá necesita ser escuchada.

Una pregunta sencilla puede cambiar mucho la conversación:

“¿Quieres que te escuche o quieres saber qué pienso?”

Pedir permiso reconoce algo muy importante: la otra persona sigue teniendo capacidad para decidir qué necesita de nosotros.

El cuidado no consiste siempre en intervenir.

A veces cuidar es estar disponibles sin apropiarnos de la experiencia del otro.

La diferencia entre una opinión y un límite

Aquí conviene distinguir dos cosas.

Poner un límite no significa que nunca podamos decir a otra persona cómo nos afecta su conducta.

Si algo ocurre dentro de una relación y tiene consecuencias para nosotros, podemos necesitar hablarlo.

“No quiero que me hables así.”

“Esto que ha pasado me ha dolido.”

“Si llegas tarde, necesito que me avises.”

Eso no es lo mismo que decir:

“Deberías vestir de otra manera.”

“Deberías adelgazar.”

“No tendrías que sentirte así.”

En el primer caso estamos hablando de nuestra experiencia y de aquello que necesitamos para cuidarnos dentro de una relación.

En el segundo estamos evaluando cómo debería ser el otro.

No siempre habrá una frontera perfecta, pero hacernos esta pregunta puede ayudar:

¿Estoy explicando cómo me afecta algo o estoy diciéndole a otra persona cómo debería vivir?

¿Por qué duelen tanto algunas opiniones?

Hay comentarios que pueden parecernos insignificantes y, sin embargo, quedarse con nosotros durante horas o días.

¿Por qué?

Porque no recibimos las palabras en el vacío.

Una opinión puede tocar una inseguridad antigua, una herida, una duda que ya estaba presente o una parte de nosotros que teme profundamente no ser aceptada.

Un comentario sobre nuestro cuerpo puede activar años de vergüenza.

Una crítica sobre nuestra manera de criar puede tocar el miedo a no hacerlo suficientemente bien.

Una frase aparentemente pequeña puede doler no solo por lo que se ha dicho, sino por todo lo que representa para nosotros.

Eso no significa que seamos “demasiado sensibles”.

Significa que nuestra historia participa en la forma en que recibimos determinadas palabras.

Y conocerlo también nos ayuda a decidir qué necesitamos hacer con ellas.

¿Qué puedo hacer cuando alguien opina sobre mí sin que se lo haya pedido?

No siempre es necesario entrar en una discusión.

A veces basta con no justificar nuestra decisión.

“Gracias, pero no necesito consejo sobre esto.”

“Prefiero que no hagamos comentarios sobre mi cuerpo.”

“Entiendo que tú lo harías distinto.”

“No te he pedido opinión sobre este tema.”

“Cuando quiera saber qué piensas, te preguntaré.”

Puede sentirse incómodo al principio, especialmente si hemos aprendido a ser amables, agradables o complacientes.

Pero poner un límite no tiene por qué ser agresivo.

Tampoco tenemos que convencer a la otra persona de que nuestro límite es razonable.

Podemos expresarlo con respeto y dejar que exista.

No necesitas explicar todas tus decisiones

Una de las trampas más habituales aparece justo después de poner el límite.

“Prefiero no hablar de mi peso porque…”

“No quiero hacerlo así porque…”

“No voy a ir porque…”

Y terminamos construyendo una defensa completa para demostrar que nuestra decisión es válida.

A veces explicar puede ser útil, especialmente en vínculos importantes.

Pero otras veces explicar demasiado nace de la sensación de que necesitamos permiso.

No siempre tenemos que conseguir que los demás comprendan nuestras decisiones para poder mantenerlas.

Un límite también puede terminar en un punto.

Antes de opinar, una pequeña pausa

Podemos revisar esta tendencia también cuando somos nosotros quienes vamos a hacer el comentario.

Antes de hablar, quizá podamos preguntarnos:

¿Me han pedido mi opinión?

¿Esto ayuda?

¿Es necesario decirlo?

¿Estoy cuidando o estoy intentando corregir?

¿Cómo me sentiría yo si alguien hiciera este comentario sobre mí?

No se trata de vivir con miedo a decir cualquier cosa.

Se trata de desarrollar un poco más de conciencia sobre el efecto que pueden tener nuestras palabras.

Porque la empatía no consiste únicamente en tener buenas intenciones.

También implica interesarnos por cómo puede recibir el otro aquello que decimos.

¿Cómo podemos acompañarte desde Calma de Ser?

A veces el problema no es solo que alguien opine demasiado.

El malestar aparece porque nos cuesta muchísimo responder.

Nos quedamos calladas.

Nos enfadamos después.

Nos justificamos.

O seguimos pensando durante horas en un comentario que quizá querríamos haber frenado en el momento.

En terapia podemos explorar qué hace tan difícil poner esos límites, qué ocurre cuando sentimos que alguien nos juzga y por qué determinadas opiniones tienen tanto peso sobre nuestra propia percepción.

No se trata de aprender a que nada nos afecte.

Se trata de poder escuchar a los demás sin perder nuestra propia voz.

Opinar menos y comprender más

No creo que tengamos que dejar de compartir nuestras opiniones.

Las conversaciones, los desacuerdos y las miradas distintas también enriquecen nuestros vínculos.

Pero quizá podamos dejar de dar por supuesto que todo lo que pensamos sobre otra persona necesita ser expresado.

A veces podemos preguntar.

A veces podemos escuchar.

A veces podemos quedarnos con nuestra opinión.

Y cuando somos quienes recibimos un comentario que no hemos pedido, podemos recordar algo importante:

que alguien tenga una opinión sobre nosotros no significa que esa opinión tenga que convertirse en nuestra verdad.

Quizá si hablamos un poco menos para corregir y escuchamos un poco más para comprender, podremos construir relaciones más respetuosas, libres y auténticas.

Y, como escribí al final de este artículo cuando lo publiqué por primera vez: esto es tan solo mi opinión.

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Si algo de lo que has leído te ha resonado, podemos verlo juntas en una primera cita de valoración.

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