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El duelo en niños: cómo acompañarlos en la pérdida

Por Laura del Mar Jiménez Pereta

Imagen del artículo «El duelo en niños: cómo acompañarlos en la pérdida»

Después de explicar a un niño que alguien importante ha muerto, suele aparecer otra pregunta igual de difícil:

«¿Y ahora cómo lo acompaño?»

El duelo infantil no se vive exactamente igual que el duelo adulto. Los niños también necesitan adaptarse a la ausencia, pero su manera de comprender lo ocurrido, expresar el dolor y pedir ayuda depende mucho de la edad, del vínculo con la persona fallecida y de su momento evolutivo.

A veces lloran. A veces juegan. A veces se enfadan por cosas aparentemente pequeñas. Otras veces parecen seguir como si nada hubiera pasado.

Eso no significa que no estén haciendo duelo.

En resumen: en la infancia, el duelo puede aparecer a través de emociones, preguntas, juego, cambios de conducta, regresiones o miedos. Acompañar no significa conseguir que el niño esté bien cuanto antes, sino ofrecerle seguridad, palabras, presencia y espacio para expresar la pérdida a su manera.

Si todavía no sabes cómo comunicarle que una persona ha muerto, puedes empezar por nuestro artículo ¿Cómo explicar la muerte de un ser querido a un niño?, donde hablamos de qué palabras utilizar, qué evitar y cómo responder a sus primeras preguntas.

El duelo infantil no sigue un recorrido lineal

Durante mucho tiempo se ha hablado del duelo como un proceso dividido en fases. Sin embargo, especialmente en la infancia, no suele avanzar de una manera ordenada.

Un niño puede estar triste por la mañana y jugar una hora después. Puede preguntar durante días por la persona que ha muerto y luego pasar un tiempo sin nombrarla. Puede parecer tranquilo y enfadarse intensamente por algo que aparentemente no tiene relación con la pérdida.

No hay una única manera correcta de hacer duelo.

Los niños van integrando lo ocurrido poco a poco, a medida que también se desarrolla su capacidad para comprender la muerte y sostener emociones complejas.

De 0 a 3 años: cuando se siente la ausencia

Los bebés y los niños muy pequeños todavía no comprenden la muerte como un concepto, pero sí sienten la ausencia.

Si la persona fallecida era una figura de cuidado importante, pueden notar que ya no está su voz, su olor, su manera de cogerlos o sus rutinas. También perciben cambios en los adultos que los rodean.

En esta etapa, acompañar significa sobre todo ofrecer continuidad, presencia y seguridad.

Mantener, en la medida de lo posible, rutinas conocidas y figuras de referencia puede ayudar. También podemos poner palabras sencillas a lo que ocurre:

«Sé que echas de menos a mamá.»

«Mamá ha muerto y no puede volver.»

«Yo también estoy triste y estoy aquí contigo.»

Aunque todavía no comprendan todo el significado, el tono, la presencia y la repetición ayudan a construir sentido.

De 4 a 7 años: cuando fantasía y realidad se mezclan

En esta etapa, la imaginación ocupa un lugar enorme.

Recuerdo el caso de un niño de seis años que pensaba que su tío, fallecido dos años antes, volvería de noche «transformado en un científico loco», porque le encantaban esos personajes.

Le habían dicho simplemente que su tío «se había ido».

Desde su lógica era coherente: si alguien se va, también puede volver.

A estas edades pueden repetir muchas veces las mismas preguntas o imaginar explicaciones propias sobre lo ocurrido. También pueden aparecer miedos nuevos: que otra persona querida muera, que ellos mismos puedan morir o que la persona fallecida regrese.

Necesitan respuestas claras, pero también paciencia. No siempre preguntan porque no hayan entendido: a veces necesitan escuchar de nuevo para seguir integrándolo.

El duelo también se expresa jugando y comportándose

Los niños no siempre pueden explicar su experiencia con palabras.

Puede haber más rabietas, mayor necesidad de estar cerca de los adultos, dificultad para dormir, regresiones temporales o una mayor sensibilidad ante las separaciones.

También pueden representar la muerte en sus juegos: personajes que desaparecen, hospitales o despedidas. El juego puede ser una de las formas que tienen de explorar aquello que todavía no pueden organizar completamente con palabras.

Por eso conviene mirar más allá de la conducta y preguntarnos:

«¿Qué podría estar intentando expresar?»

A partir de los 7 años: comprender mejor no significa sufrir menos

Con el crecimiento, la comprensión de la muerte se vuelve más parecida a la adulta. Empiezan a entender mejor que es irreversible, pero comprender mejor no significa que duela menos.

Pueden aparecer tristeza, ira, miedo, preocupación o culpa.

Recuerdo a una niña que me preguntó si su padre había muerto en un accidente porque ese día ella se había portado mal. Su padre le había pedido que ordenara la habitación y ella se fue a dibujar sin hacerlo.

Después empezó a ordenar todo de una forma muy rígida porque temía que, si dejaba algo fuera de sitio, pudiera ocurrirle algo malo a otra persona.

Desde la perspectiva adulta sabemos que no había ninguna relación entre ambos hechos. Para ella, sin embargo, la culpa tenía lógica.

Decir «no digas tonterías» puede hacer que deje de compartirlo, pero no necesariamente que deje de sentirlo.

Es más útil responder:

«Entiendo que hayas relacionado las dos cosas, pero nada de lo que hiciste provocó el accidente.»

«No eres responsable de que papá muriera.»

¿Es normal que un niño juegue después de llorar?

Sí.

Un niño puede llorar intensamente por la persona que ha muerto y, poco después, preguntar si puede ir a jugar.

Eso no significa que no le importe.

Los niños suelen entrar y salir del dolor con más facilidad que los adultos. El juego puede ofrecerles una pausa y una vuelta temporal a algo conocido.

No necesitamos devolverlos constantemente al tema para comprobar si están «procesando bien» la pérdida.

Podemos estar disponibles cuando aparezca y permitir también que sigan siendo niños.

Llorar delante de nuestros hijos: ¿debemos evitarlo?

Muchos adultos intentan contener las lágrimas para protegerlos.

Pero los niños perciben el tono de voz, las caras, los silencios y los cambios en casa. Si claramente estamos tristes y respondemos «no pasa nada», pueden sentirse confundidos.

Mostrar tristeza puede ayudarles a entender que llorar forma parte del duelo.

Podemos decir:

«Estoy triste porque echo mucho de menos al abuelo.»

Y transmitir a la vez seguridad:

«Aunque esté triste, puedo cuidarme y hay otros adultos que me ayudan.»

La clave no está en ocultar nuestras emociones, sino en evitar que el niño sienta que debe hacerse responsable de ellas.

Qué necesita un niño durante el duelo

No existe una fórmula, pero suelen ayudar algunas cosas sencillas: adultos disponibles, información clara, permiso para preguntar varias veces, cierta continuidad en las rutinas y espacio tanto para hablar de quien ha muerto como para no hacerlo.

También podemos conservar recuerdos: mirar fotografías, contar historias, escribir una carta o crear un pequeño ritual familiar. Seguir queriendo y recordando a alguien que ha muerto también forma parte del duelo.

¿Cuándo puede ser recomendable pedir ayuda?

Después de una pérdida pueden aparecer cambios emocionales y conductuales sin que eso signifique automáticamente que exista un problema psicológico.

Más que una señal aislada, conviene observar la intensidad, la duración y cuánto interfiere el malestar en su vida cotidiana.

Puede ser recomendable consultar si aparecen de forma intensa o persistente:

  • dificultades importantes para dormir o pesadillas frecuentes;
  • miedo muy elevado a separarse de las figuras de referencia;
  • culpa persistente relacionada con la muerte;
  • aislamiento o pérdida marcada de interés;
  • cambios significativos y mantenidos en conducta o rendimiento escolar;
  • regresiones que no disminuyen con el tiempo;
  • preocupación intensa por morir o porque mueran otras personas;
  • síntomas físicos recurrentes, que también necesitan valoración sanitaria;
  • o cualquier cambio que preocupe especialmente a la familia.

No existe un plazo universal a partir del cual un duelo debería estar «superado».

La pregunta más útil es si el niño puede ir retomando progresivamente su vida, sus relaciones y su desarrollo mientras integra la pérdida.

Cómo acompañar sin intentar quitar el dolor

Cuando queremos mucho a un niño, es comprensible querer que deje de sufrir cuanto antes.

Pero acompañar no consiste en borrar la tristeza.

Consiste en ayudarle a atravesarla sin quedarse solo.

Escuchar sin corregir inmediatamente. Responder con honestidad. Aceptar el enfado. No obligar a hablar. Permitir que juegue. Repetir una explicación cuando la necesite. Recordar juntos.

A veces no hace falta encontrar la frase perfecta. Hace falta estar.

¿Cómo os podemos acompañar desde Calma de Ser?

Cuando el duelo genera mucho sufrimiento o la familia siente que no sabe cómo acompañar determinadas reacciones, nuestro equipo de psicología infantojuvenil puede ayudar a comprender qué está ocurriendo y qué necesita ese niño o niña en este momento.

A veces será importante trabajar directamente con él o ella; otras, orientar a madres, padres o cuidadores para que puedan acompañar mejor desde casa. El duelo infantil no ocurre de manera aislada: el niño vive una pérdida dentro de una familia que también está haciendo su propio duelo.

En Calma de Ser podemos valorar qué necesita cada caso y proponer el tipo de acompañamiento más adecuado, siempre respetando la edad, el ritmo y la manera particular en que cada niño o niña está viviendo la pérdida.

No podemos evitarles la pérdida, pero sí acompañarlos en ella

La muerte forma parte de la vida.

No podremos proteger a nuestros hijos de todo el dolor, pero podemos ofrecerles algo profundamente importante: nuestra presencia.

Ayudarles a poner palabras. Sostener preguntas difíciles. Permitirles llorar y volver a jugar. Hablar de quien ha muerto. Reír al recordar algo bonito sin sentir que estamos traicionando la tristeza.

Y enseñarles, poco a poco, que perder a alguien y continuar viviendo pueden convivir.

El duelo no consiste en olvidar.

Consiste en ir encontrando una manera de seguir adelante llevando con nosotros el vínculo y el recuerdo de quien ya no está.

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